• Es consagrarse por entero a Dios a quien se ha experimentado como el absoluto, el único necesario en nuestra vida, por quien merece la pena dejar cuanto se posee y siguiendo a Cristo, hacer del Amor la razón de la existencia.
  • Es hacer de la vida una ofrenda a Cristo, para que, a través de nuestras personas, Él siga pasando haciendo el bien y curando toda dolencia.
  • Es reconocer que la esencia del Evangelio es servicio y que cada hombre, cada mujer, alcanza su más alta dignidad cuando se detiene ante el hermano y se acerca para servirle.
  • Es caldear nuestras vidas en el AMOR de Aquel que sabemos que nos ama.
  • Es templar el corazón al calor del rescoldo comunitario que forja la fraternidad, tras partir el mismo Pan y aunar los corazones.
  • Es llevar la experiencia del Amor de Dios y de las Hermanas a quienes sufren el dolor y la soledad.
  • Es saber trabajar en equipo convencidas de que, donde dos o tres trabajan unidos en el nombre del Señor, para hacer frente al dolor, allí está Él.
  • Es aunar fuerzas, sin mirar razas ni condición, porque el dolor como el Amor no conocen las fronteras.
  • Es sufrir con el que sufre y gozarse con el que se alegra, dejando la vida gozosamente en cada detalle.
  • Es mirar al futuro con esperanza, porque ni el dolor ni la muerte tienen la última palabra.
  • Como Siervas de María, es traducir la vida en un FÍAT, en un MAGNÍFICAT, en un estar al pie de la Cruz, como María, hechas servicio, respeto, adoración…
  • Y al atardecer de la vida, cuando la existencia ya se ha desgastado en noches de vigilia y entrega, ser Sierva de María es hacer de la vida un gesto de adoración continua, para que las noches del dolor sean vencidas por la luz de la Pascua.
  • En definitiva: Ser Sierva de María hoy, es tener, apoyadas en el Señor, la valentía, la audacia, la caridad y la humildad de esa Mujer, Santa María Soledad, con apariencia de poca cosa, pero que se atrevió, tras orarlo, amarlo y servirlo, a hacer frente al misterio mayor de la existencia humana: al dolor. Viendo en él el lugar de encuentro de la debilidad humana y el Amor sin fronteras de Dios.